26 sept. 2013

Cronopios, famas y expresionismo

Hay algo inquietante en los cuentos de Cortázar, en la forma en que su realidad se aleja de la nuestra de una manera tan sutil que podría parecer un retrato pintado al oleo, dejando brillar un verde ahí donde uno esperaría encontrar reconfortantes tonos terrosos.
Del mismo modo, Rol de Troup, compañía que se estrena con "Cortado al Azar", una adaptación de los Cronopios y Famas, consigue inquietar con una puesta en escena expresionista y un trabajo de delicatessen interpretativa a cargo de dos actrices que se desdoblan sin descanso para abarcar un elenco de más de 10 personajes.
 Este dúo de "Irenes" (Irene Montes e Irene Serrano) marca claramente desde el principio la dirección de la propuesta, haciendo entrar a los espectadores en el juego que luego desarrollarán sobre las tablas. En escena, dos exploradoras del universo Cortázar juegan a descubrir los orígenes de sus extrañas familias, Cronopios y Famas, a través de una dramaturgia de textos y relatos confeccionada por autores de la talla de José Carlos Beas, Félix Estaire, Antonio Lafuente, Angie Martín , Richard Salamanca o María Velasco, tan teatral que nunca llega a caer en lo narrativo, creando incluso juguetes dialogados en los que la mano de los autores es indistinguible (con permiso) de la del propio Cortázar.

Si bien es cierto que en ocasiones eché de menos la sobriedad propia de las atmósferas engañosamente reales de los cuentos originales, una vez que entré en el estilo propuesto por la dirección de Chus de la Cruz, todo se redujo a disfrutar del magnífico trabajo de travestismo multifacético que hizo a las actrices pasar por un arco infinito de edades, sexos e idiosincrasias, usando para ello todas las herramientas de su caja de interpretación: pantomima, máscaras, cambios de voz, cambios de energía, tempo, vestuario,... un alarde que en todo momento fue acompañado de risas, aplausos y alguna que otra exclamación de sorpresa.
La escenografía, mínima y expresionista, a cargo de Natalia Alonso sufre tantas transformaciones como las actrices que la manipulan y se deja cortar, mover, desmontar y adaptar para acoplarse a cada situación y dibujar, con la ayuda de una magistral y medida iluminación (David de Diego González) atmósferas que, tendiendo siempre a la penumbra, hacen de la sombra una nueva nota de color.
De hecho, una de las cosas que más llaman la atención de este montaje es el modo en el que el trabajo de unos y otros integrantes se funde en el resultado; es difícil distinguir dónde acaba la escenografía y dónde empieza el vestuario (diseño de Maite Agorreta), en ocasiones tan inquietante como la música de Pilar Onares.

Muy buen trabajo, en resumen, el de esta compañía que, como si de una familia de Cronopios se tratara, han aunado esfuerzos y sensibilidades para regalarnos una pieza de cámara terriblemente divertida e inteligente. Es un placer siempre comprobar cómo el trabajo de grupo puede dar resultados tan hermosos.


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